Valparaíso: El encanto de una ciudad que hay que conocer

 

Nunca me ha gustado Valparaíso. No sé bien por qué, pero hay algo que me impide apreciar ese encanto que todos, chilenos y extranjeros, encuentran en la ciudad. Algo debe haber en ella que, incluso, la ha llevado a ser declarada como una ciudad Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Algo deber haber que yo no he visto, que no he percibido, que no he buscado, que no he encontrado.

Pues bien, he visitado dos veces la ciudad, lo cual es inconcebible para una persona a la que le gusta conocer distintos lugares y descubrir el encanto que tienen; más inconcembible aún si la ciudad se encuentra a poco más de una hora del contaminado Santiago… pero, bueno, así fue. Hace más o menos cinco años, en el verano de 2004, estaba paseando por el fin de semana en Viña del Mar, cuando con mi pareja decidimos visitar Valparaíso. “Es una ciudad que hay que conocer”, me dijo.

Vista de Valaparaíso desde el mirador del Cerro Polanco

Llegamos al puerto alrededor del medio día de ese domingo y lo primero que visitamos fue la Plaza Sotomayor, aquella que alberga el Monumento a los Héroes de Iquique. La verdad, no dista mucho de lo que son las plazas en general, sólo me llamó la atención lo sucio que estaba en sus alrededores, comentándome a mí misma la pésima impresión que se llevarían los visitantes y cómo las autoridades no hacían algo al respecto. No me detuve mucho en esos pensamientos, porque ya era hora de almorzar y había que buscar dónde.

El lugar escogido fue el Café Turri, ubicado en el paseo Gervasoni del Cerro Concepción, al que llegamos después subir los setenta metros de longitud que tienen los rieles del ascensor que lleva el mismo nombre del cerro. La vista de la ciudad que se podía apreciar desde él era inigualable: el día estaba soleado y el océano se podía apreciar en todo su esplendor. Luego me enteraría que el ascensor Concepción es el más antiguo de Valparaíso, con más de 120 años de historia. En el restaurante, nos ubicamos en la terraza, de manera de seguir apreciando el mar y los barcos atracados en la bahía. De lo que almorcé no me acuerdo, sólo tengo un vago recuerdo de haber comido muy bien, ya que el Café Turri es un restaurante destacado del puerto, gracias a su refinada gastronomía.

Después de la pausa gastronómica, la siguiente parada fue La Sebastiana, la casa que Pablo Neruda tenía en Valparaíso y que está ubicada en el Cerro Bellavista. Sin duda, es un lugar encantador, mágico, lleno de rincones que admirar, objetos con los que maravillarse – los vitrales o los murales, por ejemplo – y que, además, también ofrece una vista impresionante de la ciudad, del puerto y del mar… Imagino que mirar el atardecer desde allí debe ser un espectáculo maravilloso: ver cómo cambian los colores del cielo, observar cómo el sol se va poniendo cada vez más rojizo hasta perderse en el horizonte oceánico… Debo conformarme, por el momento, sólo con imaginarlos.

No recuerdo qué más visitamos ese día. Creo que paseamos por la costanera, ya que, como buen día domingo, no había actividad cultural abierta al público. Volvimos temprano a Viña, ya que la noche porteña en el segundo día del fin de semana no prometía mucho. La ciudad del Festival Internacional de la Canción era más segura en cuanto a panoramas nocturnos.

En esa visita, Valparaíso no me gustó. Más que la vista desde la terraza del Café Turri o sus exquisiteces y más que la intrincada y mágica arquitectura de La Sebastiana, el recuerdo que me quedó de Valparaíso fue el de una ciudad sucia, algo decadente, falta de encanto. Pero, ¿cómo los demás, aquellos que aman Valparaíso podían amar una ciudad como la que estaba viendo? Pensé que tal vez yo me equivocaba, aunque no tenía ganas de volver pronto por esos lados.

Mi segunda visita a Valparaíso fue hace menos de un mes. Debo reconocer que no tenía muchas ganas de viajar hacia allá, menos en invierno y con una neuralgia que me volvía loca, pero tenía ganas de sacarme esa impresión que, a todas luces, parecía equivocada. Aunque no sé si era tan así. Pues bien, esta vez iría con mis compañeros de universidad, algunos de los cuales ya conocían la ciudad y quienes prometían, oficiar de experimentados guías porteños.

Partimos de Santiago algo tarde para una visita que auguraba descubrir los tesoros escondidos que Valparaíso resguarda en sus intrincadas callejuelas rodeadas de casas centenarias, con escaleras que desafían la gravedad y el equilibrio de quienes se atreven a recorrerlas. Pero el día no fue cómplice de la ciudad ese día: estaba gris y muy frío, por lo que, pensaba, había que poner buena voluntad para cambiar la opinión que ya tenía formada respecto de Valparaíso.

La Feria de Antigëdades “La Merced” de la Plaza O’Higgins, al lado del agravio arquitectónico que es el Congreso Nacional, es una grata visita al pasado. Miles de objetos - algunos útiles y otros no tanto – llenos de historia y de recuerdos, cubiertos de polvo y óxido, se acumulan junto a muebles de maderas nobles y de gran belleza; revistas antiguas de todos tipo, libros, juguetes, joyas, vajilla… en fin, de todo es posible encontrar en esta feria de anticuarios, famosa a nivel nacional. Sin duda, un gran lugar para gastar la tarde y algunos pesos, aunque esto último me fue imposible, mis finanzas de estudiante no me acompañaron ese día.

Luego, caminamos lentamente por Avenida Pedro Montt, en pleno barrio El Almendral. Pasamos frente al Congreso Nacional, cuya construcción comenzó en el año 1988 y en su superficie antes estuvo ubicado el hospital Enrique Deformes, demolido a causa de los serios daños que le produjo el terremoto de 1985. Las calles seguían estando sucias y el frío que hacía esa tarde no estaban ayudando a cambiar la imagen negativa que tenía de Valparaíso.

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La ciudad es pintoresca, de eso no hay duda. Así se me presentó ese día al escuchar a un borracho gritar consignas políticas trasnochadas mientras afirmaba uno de los letreros que informan los nombres de las calles, o con los piropos que un par de porteños nos profirieron a las dos únicas mujeres del grupo al notar que no éramos de la ciudad.

La caminata nos llevó al famoso ascensor Polanco, al que se ingresa por un túnel de más de 140 metros de largo, enclavado en la roca y cuya entrada está en la calle Simpson. Este ascensor es distinto al resto de los existentes en la ciudad, ya que la subida es vertical, posee un solo carro y la última estación de las dos que tiene, está situada a sesenta metros y desemboca en una torre-mirador que permite observar la ciudad en 360 grados. La vista es, sin duda, maravillosa: se pueden apreciar todos los ángulos de la ciudad, sus cerros, el puerto… Averigüé algo más sobre este ascensor y si el del cerro Concepción es el más antiguo, el Polanco es el primero en ser declarado Monumento Histórico de Valparaíso en 1976, sesenta años después de su inauguración.

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Volvimos a la planicie bajando por las escaleras del cerro – el mirador está conectado a éste por una pasarela de alrededor de más o menos cincuenta metros – y el estado de las calles no era el mejor. En cada esquina era posible ver basura; pero esto no es culpa de la ciudad, sino de quienes viven en ella. En realidad, esa calle, no recuerdo su nombre, tenía algo de encanto, algo que la hacía parecer más acogedora de lo que simple vista era posible apreciar.

El descanso – y el fin del viaje en Valparaíso – fue en el Mercado El Cardonal, ubicado en el ya nombrado barrio El Almendral. Un lugar que hace poco fue remolado y que de ser un lugar exclusivo de venta de productos hortofrutícolas, hoy presenta una nueva cara con énfasis en la gastronomía, lo que lo convierte en parada obligada de turistas. No cabe duda, hay que conocerlo.

Nuevamente, me faltó tiempo para conocer Valparaíso y poder reformar mi impresión sobre el puerto. Aún no puedo cambiar la imagen de suciedad y decadencia que tengo en mi mente y que me impide amar Valparaíso como lo hacen miles de personas en el mundo. Tal vez deba recorrer sus calles en trolebús, o conocer cada uno de sus cerros; quizás, deba comer una chorrillana en el J Cruz, escuchar un tango en el Cinzano o compartir una velada con los amigos en el Bar La Playa. Es posible que deba visitar sus calles en la temporada de los Festivales Culturales o pasar un año nuevo frente al mar, mirando los fuegos artificiales que cuando niña veía con mi abuelita Teresa a través de la televisión. Tal vez. Algo me falta. Algo que me impide apreciar el encanto que Valparaíso tiene y que le ha valido ser lugar de refugio de muchos artistas y obsesión de muchos cantautores. Es posible.

Sin duda, mi opinión sobre la ciudad aún no cambia; pero, esta vez tengo ganas de volver y descubrir su tesoro. Esta vez, quiero revisitar Valparaíso y sentir su brisa, enamorarme de su geografía de abanico y de sus cerros bañados por el mar. Sí, esta vez quiero conocer Valparaíso.

Que tengas más suerte para la próxima.. el muelle Prat o Barón son buenos lugares para estar cerca del mar, sentir la brisa marina y emocionarse con los niños que ven por primera vez el mar. Las caminatas por los cerros descubriendo miradores y sacando fotografías para el recuerdo. Las fachadas de las casas recién pintadas.. barrios multicolores, le dan colorido y juventud a la ciudad. No viste perros en la calle? eso es algo complicado de solucionar.

Dato.. la plaza al lado del Congreso se llama O'Higgins.. la avenida es Pedro Montt.

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Marcelo

Ha pasado mucho tiempo de que publicaste esta entrada ... pues bien, acabo de leerla y simplemente creo que nunca te va a gustar Valparaíso, yo soy nacida y criada allí, y esta ciudad es eso, nostalgia, tristeza, suciedad, perros vagos, gatos tuertos, borrachos, poetas tristes, locos y pobreza, y es esto precisamente lo que le hace hermosa, casas colgadas del cerro pintadas de los más variados colores son sólo una postal para los visitantes, para apreciar el encanto de Valparaíso debes despojarte de la idea de la entretención y las cosas bonitas para eso mejor anda a viña, allá todo esta limpio y es bonito, carente de carisma y de identidad diría yo....  Valparaíso es de esencia un lugar triste y melancólico ha sido golpeado por incendios, tempestades, terremotos y asaltos de piratas, para quererlo debes tener sensibilidad y ganas de sentir la historia que arrastran sus calles sucias y cerros pobres y vivir la noche brillante y con olor a mar.

Este es mi humilde consejo .... No trates de encontrar diversión ni cosas impresionantes, sólo deja que la ciudad te envuelva en marinos, piratas y luces marítimas. 

que son tontos

que lindo el ultimo comentario,

Hola! En febrero voy a conocer personalmente Valparaiso. Hace un tiempo ya que vengo planeando a donde ir, desde un principio sabia que queria  ir para Chile, pero, como no conozco nada, no tenia idea a donde ir... Hasta que vi una foto y lei unos renglones sobre el lugar, hubo algo, que no se bien que es, que me encanto, creo que lo que mas me gusto fue ver los cerros con esas casas coliridas y que lo primero que me transimitieron (tampoco se por que) es humildad.. En fin, desde q vi la primer foto y empece a leer sobre valparaiso que no veo la hr que llegue el dia del viaje y estoy convencido que estando alla no voy a querer volver mas jajaj

PILAR dejo mi mail, si podes agregame así me pasas algunos consejos de la ciudad! ya que voy solo, y mientras mas informado vaya mejor, sobre todo quisiera saber lo lugar q no debería dejar de visitar.

ahh me olvide el mail es mati.chao@hotmail.com

Estoy buscando lugares abandonados dentro de la quinta region, sialguien sabe algo me escribe por fi! besos!!

fanny.mura@gmail.com

pocas ciudades te encierran en aventuras y te hacen protagonista de la vida. muchas ciudades son hermosas como Paris, pero son solo eso, una apariencia. Valparaiso te encierra con sus colores y te transforma en un artista desconocido y que nunca obtendra la fama. A cambio tendra un cuaderno de vida con los distintos amores que encontro en esta ciudad fantasma... Para conocerlo mejor, hay que irse a vivir alli...

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