Un acercamiento al mal absoluto
Esta novela, escrita en clave policial, acerca al lector a un planteamiento subyacente en la historia: la posibilidad de la existencia del mal absoluto y completamente real, esta vez encarnado en un sujeto aparentemente inofensivo que participa de un taller literario. Cuando el mal y su existencia aparecen cuestionados incluso desde la teología, Roberto Bolaño narra una historia en la que ese mal se convierte en superlativo, en una realidad aterradoramente palpable y cercana. Hacia el final de la novela, Bolaño deja abierta la pregunta acerca de si ese mal extremo es susceptible de ser vencido y sobre cómo puede serlo.
En
este sentido, el psiquiatra norteamericano, M. Scott Peck, siguiendo
planteamientos de Malachi Martin y C.S. Lewis, insiste en la íntima asociación
entre el mal y la mentira, planteando, en síntesis, a la maldad como manifestación
del narcisismo extremo y a la mentira como el instrumento fundamental para
ocultarla. La tesis de la maldad humana como una enfermedad mental, que merece
una aproximación científica y que se manifiesta en lo cotidiano con mucha mayor
frecuencia que la que imaginamos, es brillantemente desarrollada a través de
los casos clínicos con pacientes, de la historia del asesinato colectivo en la
localidad de MyLai, durante la guerra de Vietnam e, incluso describiendo los
pormenores de un exorcismo que lo convirtió en creyente.[1]
La representación del mal en Estrella distante
Toda esta afirmación del mal absoluto la formula Bolaño a través de una historia que tiene dos grandes ejes: Carlos Wieder (que también se hace llamar “Alberto Ruiz Tagle”) y un entorno histórico social que, aunque no es descrito explícitamente, corresponde a los años de la dictadura militar chilena.
El
primero de estos ejes, Carlos Wieder, aparece claramente como un torturador y
un asesino. Es probable que su maldad absoluta se exprese en el hecho de que ni
siquiera es posible advertir en él, al menos al inicio de la historia,
convicciones políticas de ninguna clase que le permitan ensayar una
justificación de las atrocidades cometidas sobre la base de razones de un
supuesto “bien superior”. Pareciera, más bien, que la dictadura, la lucha
contra el marxismo o el terrorismo de izquierda y la supuesta guerra interna,
no son más que excusas para dar rienda suelta a una maldad gratuita, que se
expresaría de todos modos. Y, si la ausencia de explicaciones para sus actos de
extrema crueldad es una demostración psíquica del mal absoluto que lo anima, es
la exposición de fotografías de torturas y ejecuciones, que exhibe en su propio
departamento y a la que invita a su círculo de amistades, la que da cuenta de
la manifestación física de este mismo mal. Esta exposición impúdica de sus
atrocidades, plasmadas en fotografías en que aparecían personas destrozadas
como maniquíes, tal vez vivas aún al ser fotografiadas, demuestra, en un
terreno directamente perceptible por los sentidos, cuán lejos está él del
remordimiento, la culpa o la empatía. La maldad de Carlos Wieder no transa, no
negocia, no retrocede. Su maldad es completa, integral y envuelve su ser sin
dejar espacio alguno para la bondad.
El
segundo eje de la historia es la maldad colectiva, generalizada, que se
concreta en una dictadura militar, donde las torturas, las desapariciones, los
abusos y las atrocidades se convierten en una realidad que algunos ocasionan y
que otros prefieren no mirar. Una sociedad en donde sólo terminan por existir
quienes son ejecutores de las barbaridades y quienes son sus cómplices, por
acción u omisión. La maldad como emperatriz incontrarrestable en un país que no
tiene la valentía suficiente para desafiar a lo perverso.
Estrella distante – si
bien utiliza una etapa de la historia reciente de Chile como escenario – nos
presenta también a la maldad humana como una temática que está más cerca,
física y temporalmente hablando, de lo que pensamos: está en nuestra intimidad,
en nuestra vida diaria, en las calles, en los lugares de trabajo, en los
colegios, en un taller literario. Muchas veces pasa inadvertida, ya que está
rodeada de arte y poesía, como en esta novela, o porque se oculta dentro de una
iglesia, como en uno de los casos que narra Scott Peck. En otras ocasiones,
llega ese mal a hacerse patente y visible. En este sentido, el mal que vive en
Carlos Weider se evidencia a la vista en su exposición. Imposible no recordar,
entonces, el magnífico libre de William Golding, “El Señor de las Moscas” [2], en
que la manifestación corpórea del mal que aqueja a una sociedad de niños
perdidos en una isla, se concreta en la cabeza de un jabalí que permanece empalada
en una estaca mientras a su alrededor vuelan miles de moscas. Esta cabeza de
jabalí, con la que se encuentra uno de los niños en medio de la selva, le habla
en silencio. El mal, entonces, se vuelve tan real en la novela de Golding, como es real y sustantivo en la novela de
Bolaño.
La
Real Academia Española de la Lengua define al mal como “La carencia de bondad que debe tener un ente según su naturaleza o
destino” [3]. En un ámbito cercano a la
teología, Marciano Vidal entiende que el mal tiene su principal concreción en
el plano del universo ético, en tanto represente un quiebre en ese mundo: “La estructura del mal ético se resuelve en
dos momentos: la responsabilización de una acción humana que desintegra lo
humano. Los dos elementos, la desintegración práxica y la responsabilización,
dan la medida de la coherencia en la culpabilidad ética” [4]. La
historia que relata el fallecido escritor chileno ciertamente nos acerca a este
concepto del mal como quiebre de lo ético, como desintegración de lo que es
propiamente humano.
No
comparte, en mi opinión, Bolaño, la tesis de Sócrates, Platón y Aristóteles,
que veían al mal como el fruto de la ignorancia. Tal vez podamos encontrar, en
la enorme realidad y palpable evidencia de la maldad de Carlos Wieder, una
mayor cercanía con la tesis maniqueísta, originada en Persia y que “… establece una contraposición insuperable
entre Bien (luz) y Mal (tinieblas); y los concibe como dos fuerzas cósmicas
irreductibles que se disputan el mundo y el alma humana. Para los maniqueos el
mal posee entonces una existencia sustancial, cósmica – identificada con la
materia – y del mismo rango y de la misma eternidad que el Bien”[5]. Me
parece un acercamiento más claro al maniqueísmo que a la idea de San Agustín,
que ve al mal como algo insustancial y no real, por cuanto todo lo que es algo
provendría de Dios, cuestión que no podría predicarse del mal.
En síntesis
De
este modo, Roberto Bolaño nos entrega una aproximación al mal, en esta novela,
como un fenómeno cuya existencia es completamente real y absoluta, y capaz de
mantenerse oculta a la vista de quienes convivimos a diario con él, confiados
en su ausencia. Nos muestra en Romero, el detective que finalmente parece
encontrar a Carlos Wieder, al representante del Bien, aunque encarnado en un
ser bastante pedestre y carente de un especial encanto, próximo a librar una
batalla cuyos resultados no se dejan ver al lector. El encuentro final entre
Romero y Wieder, que es insinuado pero no relatado, es, en cierto modo, una
alegoría de las miles de batallas que a diario se libran entre el bien y el mal,
con resultados inciertos y lejos de ser definitivos. Así, el autor también nos
plantea, una vez más, cierto escepticismo hacia la tesis del Bien como vencedor
final ante el Mal y, al mismo tiempo, parece acercarnos a una noción
maniqueísta, en la que el uno y el otro sólo existen, precisa y recíprocamente,
gracias al uno y al otro, sin que sea posible esperar la entronización
definitiva del bien en la humanidad.
En síntesis, la maldad de Wieder parece dar cuenta de la forma en que Bolaño entiende el mal: como una realidad concreta, irreductible y de entidad y permanencia no menores a las del bien.
[1] M. Scott Peck, People of the lie,
Touchstone, 1983.
[2] William Golding, El
Señor de las Moscas, Editorial
Planeta DeAgostini, 2003
[3] Real Academia
Española, Diccionario
de la Lengua Española - Vigésima segunda edición
[4] Marciano Vidal, en 10
palabras clave en Religión, dirigido por A. Torres Queiruga, Editorial
Verbo Divino, año 1992, pág. 166,
[5] Giannini, Humberto, Breve
Historia de la filosofía, Editorial Universitaria, año 1985, págs.
116-117.



Hi pindosam